Cerrando diciembre y con él, el 2015





En el Cabo Polonio, existe un faro que ayuda a caminantes y navegantes cuando cae la noche. Su luz, que palpita escasos instantes, permite hacerse una idea del camino y avanzar alrededor de unos diez o quince metros. El faro, durante doce segundos, cesa en su labor de guía y, entonces, te quedas quieto, aguardando la luz con la esperanza de avanzar otra decena de metros. 

Ese faro me ha llevado a pensar en esos doce segundos de oscuridad que parecen eternizarse y cuantas sensaciones lo acompañan, en los 12 meses que marca el calendario gregoriano actual, que algunos años se tornan tan pesados; en mi 2015, en todo. 

La ausencia de luz en el Cabo, como en la vida, hace que sea muy sencillo perderse. Pero, a veces, incluso en los momentos de mayor oscuridad suceden cosas maravillosas. 

Si te pierdes en el Cabo puedes encontrar la playa una de esas noches en que el mar se convierte en un mar de ardora, iluminando con su fluorescencia la costa. Las luciérnagas marinas, las noctilucas, subliman el hecho de perderse a una obra de arte. 

Y así podría resumir mi 2015: un paseo a noche cerrada por mi Cabo Polonio particular, en el que en un primer momento, no sabía siquiera que existía un faro, pero que de alguna forma intuí o esperé que así fuera. Finalmente lo hallé y pude avanzar, eso sí, quedándome por completo paralizada en cuanto dejaba de emitir su luz, hasta que me cansé de que el miedo dictara el ritmo de mis pasos continuando mi camino en plena oscuridad. Envuelta en el negro manto de la noche, con la certeza de anclar mis pies en cada paso, pero a un tiempo insegura por andar a ciegas, hallé el mar de ardora. Jamás y nunca había visto y disfrutado de semejante paisaje. Jamás y nunca había sentido algo similar. 

El mar de ardora, esa luminiscencia permanente que convierte cualquier playa en algo distinto, único, inigualable, inconfundible y hasta inmarcesible, como lo es la propia Luz.

Al 2015 le doy las GRACIAS, porque aprendí que, a veces, lo que estaba en primer lugar pasa a ser lo último. 

Y, aún no conociendo al 2016 y sin que me lo hayan presentado, ¡lo quiero! Lo vivo, y lo saboreo... 

Gracias infinitas a mi amiga, Aran, que es una hermosa constelación en el firmamento de mis días desde hace años. A mis lectores y a todos los que contribuyen de alguna forma con su granito de arena a ser la playa en la que voy a perderme con mis letras.


¡Feliz 2016, pero sobre todo, feliz vida!

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