Leer es importante; follar, también







Al principio, aprender a leer es unir letras en una imagen asociándola mentalmente a su sonido, luego otra y otra... Así que vas juntando letras. Pero con el tiempo, y la práctica, leer se convierte en algo que irá adquiriendo un nuevo significado; otra dimensión.
 
A leer se aprende leyendo, y a follar, también. La práctica lo es todo. Hay que echarle ganas, y horas. No todas las ganas ni todas las horas el mismo día, por favor. Es necesario sacudirse muchas normas no escritas y asumir el riesgo de ser tildado de (inserte aquí lo que se le antoje). Desnudarse de verdad, en todos los sentidos.

Yo disfruto subrayando, doblando las esquinas de aquellas páginas que quiero recordar o pegando una de esas pequeñas bandas cuyos colores asocio a lo que me van a contar. A veces me arriesgo con las anotaciones en los márgenes e incluso añado flechas o asteriscos. Nunca he escrito el año o el mes en que he leído un libro, ese dato para mí, no es relevante. En alguna ocasión transcribo un párrafo en una de las muchas libretas que apilo en mi despacho por colores. No siempre que empiezo, termino. Puedo comenzar hoy y no volver a tocar ese libro en semanas sin que pierda un ápice de interés, porque pienso, o más bien, siento, que todo tiene su momento, y ya.


Pensar es importante. Sentir también. El amor es fundamental. El sexo también.

Hay quien precisa no sentir nada por quien tiene enfrente para ser libre en la horizontal. Que no tenga la etiqueta de pareja, novio, cónyuge o similar. Eso es lo que les permite expresarse y que ruja la bestia, porque al parecer se pierde un respeto que no se recupera. El sexo sucio, ese que para algunas personas es sinónimo de follar, solo existe, para ellos, sin amor. Y es que el porno ha hecho mucho daño, y la religión.

Aprender a leer es darse cuenta de que la lectura tiene un componente físico. El tacto del papel, el olor... Un desfile de palabras que combinadas de una determinada manera te atraviesan el alma o, simplemente, te entretienen... La literatura y el entretenimiento, para algunos, no armoniza bien en la misma frase. Follar y amar parece que tampoco. Todo debe estar separadamente ordenado. La literatura buena, aquí; el entretenimiento, allí. El amor aquí, y el buen sexo allí; lejos. O se folla o se ama, o te gusta Proust o Foenkinos. Qué estrés, #todoelratito eligiendo cosas.

Hace tiempo leí un párrafo que me dejó pensando unos días: "Escoge tres. Sí, solo tres. Esto es la vida real y no una película. Así que te daré una lista y tendrás que conformarte con tres, no lo puedes tener todo...". Le faltó añadir "muñeca" o "nena", aunque lo escribiese una mujer. No siempre que escogemos algo rechazamos otra cosa. No siempre. No todo es Coca-Cola o Pepsi. No siempre.

Quién nos ha convencido de que en esto también hay que elegir. Hacer una lista mental de lo que quieres, establecer un orden mientras te boicoteas a ti mismo renunciando a parte de lo importante, a lo que realmente llena de magia tu vida, y tu alcoba. Hipnótico pasatiempo..., pues si entre dos opuestos se halla el equilibrio, ¿por qué no combinarlos?

Eso es lo que hace el día a día, te convence de cosas. Te incita a conformarte para que no hagas ruido, para que tengas miedo a ese Todo, para que tires la toalla, para que te resignes con lo que hay sin ser molesto, rebelde.

Hay verbos cuya conjugación no es obligatoria, ¿por qué hacer de ellos algo que no son? ¿Por qué fragmentarlos o dividirlos? Por qué no mezclar el amor y el buen sexo. Por qué follar es sucio. El sexo es maravilloso, divertido. Leer también. Quien decide que Bukowski es bueno para ti, o no, eres tú. El placer, la pasión, la intensidad, la libertad... lo pones tú, si vives o existes, si estás muerto o palpitas. A mí me da igual que lean y follen, que lo hagan o no en la cama por respeto al autor. Pero crear nuevos significados, dar nuevas dimensiones y dejar de poner límite a lo que no lo tiene, es importante. Leer es importante, pensar es importante. Sentir es importante. Y follar haciendo el amor, también.


 
 
Hay libros que son como personas, nos apasionan tantísimo que los retomamos, los marcamos, subrayamos, releemos...; no nos cansamos nunca. Y no es que nos aburramos de las personas, pues jamás se llega a conocer a alguien del todo, simplemente, a veces no sabemos apreciar la profundidad que se gana con el tiempo, como esos libros que vuelves a leer y entiendes mejor.
 
Con las personas, al igual que con los libros, nos pasa a menudo que entendemos lo que queremos, interpretamos lo que mejor le conviene a nuestro ego, y al leer a alguien, proyectamos, idealizamos, cercenamos...

Copyright © Dácil Rodríguez - Todos los derechos

Comentarios

Entradas populares