El rayo verde
Vi el “yo no te suelto” y las pésimas canciones de la radio latiendo ruidosamente.
Vi toda la verdad, y la poesía.
Vi cómo él besaba su mano y ella lamía su herida.
Vi toda esa ternura, pasión, ilusión; ganas.
Lo vi cualquier tarde, en cualquier calle, o en cualquier plaza.
*Lo confieso, creo en el amor, o más bien, sigo creyendo en el amor, en que a lo largo de la vida existen pequeños enamoramientos, pero que una sola persona, una única persona, se colará hasta al fondo y permanecerá ahí; ahí… Y no me refiero a “esa persona” que hizo que levantaras un muro, porque te hizo daño y te hirió de alta traición, sino a esa que desde fuera te invita a que lo derribes, que viene para quedarse, para caminar juntos en la misma dirección, esa que necesita el espacio que te empeñas en bloquear por miedo, esa que dice “cruza esa línea, aunque tirites, porque yo no te voy a fallar”.
En verano suelo pensar en el amor. No más que en primavera, ni tampoco más que en otoño, o en invierno. También cuando me invitan o acudo a una boda. Pienso mucho siempre. Leo, pienso y hablo mucho. Escucho, eso también lo hago mucho y también practicar la “muchedad”.
Pienso que cuando hablamos del amor nos mostramos utópicos o prácticos, emocionales o racionales, pasionales o fríos, indómitos o conformistas. Hablamos de amor y enseñamos la lealtad, el compromiso, la honestidad o toda la ruindad camuflada en los buenos modales. Conjugamos en plural o en singular, somos egoístas o generosos, tiernos o duros, sinceros o cínicos. Hablamos del amor que tenemos o del que esperamos, de lo que queremos que nos den o de lo que estamos dispuestos a dar. Cuando hablamos del amor mostramos el modo en que vemos el mundo, en que agarramos la mano o paseamos a la par sin rozarnos. Las personas hablan y nos dicen cómo son, pero nos empeñamos en que sean como nos gustaría que fuesen. Nos empeñamos en no escuchar, ni observar.
Las personas son lo que dicen, y hacen, incluso cómo lo dicen y hacen.
Y se ama tal cual se es.
Hay gente que es su propia casa; un sitio en el que podrías quedarte a vivir el resto de tu vida, un mundo entero. Gente que te recibe con todas las estancias abiertas, sin ángulos muertos o puntos ciegos, que te aplaude al desnudo, y al descubierto. Sobre la que podrías caminar descalzo/a sin miedo a resbalar, o a resfriarte. Gente que sabe manejar el volante, acelerar y frenar, que nunca te pedirá que te bajes en medio del trayecto de vuelta o te abandonará en una cuneta. Que sabe aceptar las diferencias y no está contigo o en tu contra. Gente que pasea sin ser turista, sin esconder el clavel en la solapa.
Cuando finalicé la lectura mi padre me dijo: “Estás aprendiendo a vivir según tus normas, a ser fiel a lo que crees y a lo que amas. Lo entenderás del todo el día que sepas que puedes ganar o perder y que eso, realmente, no importa. Porque vivir así supone saber que, suceda lo que suceda, sabrás usarlo a tu favor. Y esa manera de vivir y de sentir, ya es la única manera que tienes de hacerlo: tu manera, y eso es más tú que cualquier otra cosa”. Y esa es mi manera, quien soy; sin filtros.
Imagen, Una tarde desgastando junio.
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