Mi minimundo







Me gustan las playas desiertas, igual que las calles. El sol de primavera más que el del angosto verano. El frío otoñal y ese que tirita en un invierno lejano. El mar y la montaña, casi por igual. Y las hojas secas, aunque tenga que barrerlas.

Me gustan las camisetas XXL que alcanzan mis rodillas. Andar descalza sobre las baldosas y el suelo de madera al llegar a casa... Los conciertos al piano, el silencio, las escaleras...

Me gustan los techos altos, la sensación de libertad que da el espacio. Las camas en tarimas o los colchones a ras del suelo.

Las terrazas, los patios, los jardines y los pueblos.

Me gustan las plantas, los árboles, los insectos y el té recién hecho que se enfría mientras pienso.

Una mesa bien puesta con todo a juego y la comida improvisada en la que nada tiene orden ni concierto. El punto exacto de picante, las especias; la mezcla de sabores, la repostería; la lencería, cocinar...

El olor a limpio, y a libros viejos. Las tormentas, los zapatos, los vestidos ajustados, cortos, largos; estampados, negros...

Los abrazos por la espalda, los besos en la nuca. Las sábanas lisas. Las siestas a deshora. Los hombres con barba, el pelo alborotado y unas Ray-ban modelo aviador, si son de espejos, mejor.

Me gustan los viajes en tren, y los trenes. La velocidad de crucero y la adrenalina de un trayecto en moto. La voz de mi madre al descolgar el teléfono y el sonido de su risa cuando las margaritas hablan en silencio. 

La locura que cesa el aburrimiento de estar cuerda, o muerta.


Me gustan las sobremesas. El agua fría en botella de cristal.

Las sizigias, los faros, los tejados, la humildad...

Me gusta el aroma a lavanda al abrir la ventana. Las conversaciones que descargan baterías y los ataques de sinceridad.

La verdad de quien me quiere.

Las palabras que me invento en el alféizar y las que recito cuando la confianza deja a un lado mi supuesta timidez.

Esa hora en la que se hace de noche; el arrebol.

Mover los dedos con desparpajo contemplando el esmalte de uñas o darle vida a un bolígrafo bic cristal.

Recorrer una ciudad que no es la mía y transitar la que vivo con los ojos de un censado que es turista.

Una copa de vino, o dos.

Las personas fuertes que saben cuando tienen que serlo y cuando, no.



Imagen, El fin de la tierra.

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