En la Luna

 

Todo cuanto sucede, ocurre mientras hago otra cosa, mientras una gran parte de mí está ocupada con mil historias que no pertenecen a esta Tierra.

Una trama que cada día parece desflecarse y un personaje al que hay que insuflarle vida. Centenares de ideas por pulir viendo el mundo a través de un velo. Estando en las nubes, o en la Luna...

Me siento justo en ese tramo del muro de la playa en el que hay una inclinación y puedo descansar la espalda mientras leo. Sostengo la última publicación de mi escritor favorito, que poco o nada tiene que ver con las anteriores. Pero no puedo con él, no con el escritor, siempre me ha caído bien, sino con lo que me cuenta. “Este libro no es para mí”, pienso. Pienso otras cosas también, pues el pasatiempo favorito del cuerpo mental consiste en analizar datos ridículos y sacar conclusiones de la nada, hasta que se calma y puede acceder mi intuición. Profundizo en por qué lo escogí, en qué captó mi atención y en si será como esos libros que “tienen su momento”; a veces pasa con los libros. Y con las personas.

Me peleo con el texto durante veintiocho páginas más. Normalmente navego entre sus letras abstrayéndome de la muchedumbre. No obstante, esta vez no resulta plausible y las veintiocho páginas parecen un ciclo lunar.

Renuncio a la lectura: no es el momento. Es mejor encender un cigarrillo y contemplar el mar. Pero la imaginación, con sus mentiras tan necesarias y honestas, prefiere anudar los hilos sueltos de una realidad fragmentada y caótica en el ajetreo de sus olas.

Como la memoria es un perro al que le tiras un hueso y te trae cualquier cosa, me acuerdo de cuanto no tendría que acordarme. Y el mar comienza a escupir su espuma con una clara visión...

Así surge todo; fruto del mar, de las olas, de la espuma... 

 


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