AMOR en mayúsculas



Se invierte muchísimo tiempo y recursos en estadísticas y encuestas, en estudiar y analizar modelos de negocio, en comparativas que reflejan la forma en que ha evolucionado esto o aquello en los últimos años y en hacer previsiones de mercado para anticiparse a los cambios y demandas. Me asombra que sea así y al tiempo se sigan aceptando como válidos modelos de relaciones sin que nadie se plantee que estas pueden construirse, adaptarse, refinarse y elevarse a la enésima potencia -a su propio ritmo y por un módico precio-.


Cuando se piensa en el amor, automáticamente surge la idea, por generación espontánea, de "encontrar a alguien que: me sepa llevar, me entienda, me valore y un larguísimo etcétera". Lo cual es sinónimo de "necesito a alguien que cumpla x expectativas o cuente con determinados atributos". Y yo me pregunto, ¿acaso no sería mejor sustituir esa idea o creencia por trabajarse día a día para sentirse bien uno mismo y, de ese modo, cuando aparezca ese ser "tan único, inconfundible, inimaginable, inigualable e insoportable a la vez", se esté en plena facultad de adquirir un compromiso auténtico en el que ambos estén dispuestos a compartir?

Buscar la felicidad en lo que se necesita de otro, en lugar de hallarla en lo que se está dispuesto a dar, puede que sea una forma de que una relación funcione, pero poco o nada tiene que ver con el amor.

La cerilla prende sola, cuándo menos lo esperas, cómo menos lo esperas y dónde menos lo esperas. Porque el amor lo marca el quién y no el cómo, ni el cuándo. No es posible cuantificarlo, medirlo y por mucho que se analice, carecerá de sentido.


Muchas personas viven buscando -o esperando- a alguien que venga a rescatarlos, a salvarlos, a esa persona que cumpla la lista de requisitos y esté a su nivel de exigencia. ¿Y luego qué? ¡Se acabó! Ya está. Punto final. Ahora que funcione y marche solito.

La dependencia de cualquier tipo, clase y color, es la Corea del Norte del amor.
Pero se prefiere conjugar el verbo necesitar en su máximo esplendor que el verbo amar, porque el primero suele dar menos miedo y requiere de un grado bastante inferior o nulo de generosidad, honestidad y valentía.

Y utilizo estas palabras -y no otras- porque hay que ser muy honesto como para desnudarse de verdad frente a alguien, muy valiente para confesar todos esos secretos y miedos que te han atormentado; para mantenerse en pie pese al vértigo. Y hay que ser extremadamente generoso para exponerse hasta el punto de parecer que te quieres poco o nada, e incluso resultar ridículo. Esa generosidad, esa entrega; es amor.


Siempre repito que el antónimo del amor no es el odio, sino el miedo, ya que uno engloba al otro, y viceversa. El amor es ese pavor a mostrarte vulnerable, a confesar "toda la verdad y nada más que la verdad", es poner las cartas sobre la mesa, no guardar ases bajo la manga y hasta cortar las mangas si hace falta. Es mostrarse tal y como eres, con todo lo feo que espanta y todo lo bueno que deslumbra. Hacerse el tonto, ir de sobrada, querer tener la razón, colocarse siempre un peldaño por encima del otro, echarle la culpa al de enfrente, proyectar y tener la autocrítica justa para pasar la tarde es siempre más fácil, y tan fácil que eso lo hace cualquiera boca abajo y con los ojos cerrados.

Ser así de cínicos es lo habitual, lo que nos inyectan de serie y como se entiende debemos venir de fábrica. Todo eso de la bondad, la humildad, la compasión y la piedad, son adjetivos que se han asociado a la religión relegándolos y aparcándolos de igual modo que la fastidiosa misa de los domingos.


Considero que no hay nada de malo en decir: "tengo miedo". “Y tengo tanto miedo que por momentos creo, o mi mente se afana en creer, que no soy tan generosa, que me gusta demasiado estar sola, que tendría que cambiar un montón de cosas en mi vida -que no de mi esencia-, y me colapso... Me obnubilo con esa falsa idea en la que el verbo renunciar o ceder, para el que solo hace falta uno, hace tiempo que sustituye al negociar o alcanzar acuerdos y consensos. Me olvido de los valores que me dan valor y hasta del valor en sí mismo mientras espero encontrar en el otro el empuje y la iniciativa que a mí ¿me faltan? Me vuelvo analítica o saco mi mar de lágrimas a relucir al tiempo que me convenzo a mí misma que no lloro, es que llueve. Equivocarse y aprender; ¿levantarse y volver a caer? Estoy llena de miedo, lo sé”.

Lo único que iguala un amor -correspondido y recíproco- y lo evidencia, es la capacidad para arriesgar, para quedarse. Para mirarle y decir: "Esto es lo que quiero. No sé -ni quiero saber- la cantidad de dolores de cabeza y tortícolis que pueda ocasionarme, pero aquí me quedo, aunque esté cargadita/o -por no decir cagadita/o- de miedo".



Vivimos en un mundo donde todo pasa tan rápido, que el conseguir algo lleva a querer otras cosas inmediatamente después en su constante cultura de reemplazo. Lo cual es perfectamente aplicable a las relaciones, pues cuando pasa el relámpago, ese destello vibrante que puede durar semanas o meses, alcanzando la calma al lado de alguien, las dudas llaman a la puerta, pues confundimos amor con intensidad, paz con aburrimiento y entonces: ¿habrá alguien más inteligente, más guapo, más simpático, más activo sexualmente... (que cada cual inserte aquí su "más" particular incrementando así la lista del más)? Esa estampida de preguntas aparece en escena cual corcel desbocado a fin de comparar con las expectativas creadas, con otras relaciones, con lo que te encuentras cuando sales a la calle, cuando entras a un bar o cuando llega un nuevo compañero a la oficina. La oferta es tan amplia que por qué no probar "otra cosa", ¿por qué no? Cada vez parece más inverosímil tener la certeza de que ese alguien con el que deseas mirarte al espejo dentro de treinta años es quien está ahora a tu lado.

"Para mí, el amor es lo que queda tras el enamoramiento, cuando todas las máscaras y proyecciones se dan de bruces contra el suelo. Cuando una relación excitante y pasional se transforma en segura y se afronta el reto de transformarla una y otra vez logrando ese paradójico equilibrio que nos lleva a cambiar continuamente, a arriesgarnos, a asumir diversas responsabilidades y aventuras con el objeto de llegar a saber quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos y evolucionar". 



Y es que el amor hay que currárselo, y mucho. Requiere grandes dosis de humildad, generosidad, capacidad de entrega, valentía, coraje, responsabilidad y hasta ser feliz por ti mismo y no necesitar ni que te necesiten. Supone poner en práctica la capacidad de transformar y convertir constantemente una relación pasional en segura, y viceversa. El amor implica un esfuerzo que fluye de forma natural y al que paradójicamente no todo el mundo está dispuesto -ni preparado- cuando aparece. Un mágico misterio que no se da así como así, y que si se alinean los planetas y cantas bingo, por mucho que se corra para escapar de sus designios, girará en espiral.


Aspiro a conocer a esa persona, a mirarla y saber que es el lugar donde quiero quedarme, ese hogar; mi código postal.
¿Y tú?



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