La verdad





Y llega calzando unas deportivas que a su paso parpadean en neón. Se dirige hacia ti a grandes zancadas para matarte de vergüenza. Deseas que se haya confundido y giras la cabeza de lado a lado convulsivamente en busca de otra persona, alguien que no seas tú, alguien que se vista acorde, luzca unas zapatillas idénticas o, tal vez, logres hallar una cámara oculta que garantice el surrealismo de la escena y el momento acabe pronto entre risas y algún taco por el maltrago que supone que te gasten una broma de tal magnitud.

Pero mantiene el contacto visual, no pestañea, no se sonroja ni esquiva la mirada. Quiere que sepas que "eres la elegida", la agraciada en el sorteo de la Lotería de Navidad.

No cabe duda alguna cuando extiende su mano para presentarse a sí misma "Soy La Verdad", explica.

Y ahí la tienes, frente a ti, deseando estrechar tus frías manos que tiemblan ante el impacto mientras tus constantes vitales se debaten entre sufrir su primer infarto, o el último.

Todo se vuelve tan ridículo como las luces de sus pies y te preguntas "si hay alguien más en este mundo capaz de no ver semejante led".



Imagen, Con los sentidos del alma.



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