Mi código postal

 

Viene a mi mente la última feria del libro, los poemas y líneas que hilvano en mi atesorada libreta, las horas que paso terminando la nueva novela y  en todo el tiempo y energía que invierto divagando, interiorizando, canalizando, creando..., como si escribir fuese suficiente. 

Creo que las palabras, combinadas de una determinada manera, con una frecuencia y vibración, también cambian vidas.

Escribir me ha llevado a lugares que jamás podría visitar, a vivir historias que, de otro modo, no hubiera vivido. Gracias a ello he viajado más y mejor. Mi forma de comunicarme expresa mi identidad, me recuerda quien soy, la tierra y la sal que encuentro bajo mi piel, de dónde vengo, adónde voy... Y entre trayecto y trayecto, pienso que no solo de pan vive el hombre y que escribir, para mí, es otra clase de alimento; esa raíz; ese hogar; mi código postal.

Las huellas de la experiencia son excepcionalmente bellas, como las de los árboles, cuya herida mortal narra en la circunferencia de su cepa todo el dolor y sufrimiento, la lucha y la enfermedad, la deshidratación y la prosperidad, los ataques superados y las tormentas sobrevenidas; su historia. No hay nada más sublime y embriagador que capturar el inefable paso del tiempo, esos anillos de la vida… La sinfónica materialización de una esencia en cuya mirada todo sucede y se ordena en un concierto extraño adquiriendo con los años la inusitada coherencia que se aleja del mundanal ruido reposando en paz.

Escribir es lo que más agradezco a mi Alma, su legado; el latir apasionado de unas manos que renacen por aquello en lo que creen. El hygge, diría un danés.




Imagen, De retiro, Vilaflor.

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